Cada piel es única… unas son tremendamente alarmistas y reaccionan a la más mínima, son las pieles sensibles. Otras viven en la abundancia, con altos niveles de lípidos, las conocemos como las pieles grasas. Las hay con ciertas carencias, resultando ser pobres en lípidos y agua, son las pieles secas. Y por último están las que no se definen y muestran un carácter bipolar, se trata de las pieles mixtas.
PIEL GRASA, brillo y más brillo
Aunque en apariencia son pieles muy resistentes, nada más lejos de la realidad, pues si no se les atiende como se merecen se vuelven extremadamente vulnerables.Excesiva producción sebácea, acumulación de células muertas y un exceso de brillos, estas son los defectos principales que marcan la personalidad de las pieles grasas.
Excesiva producción sebácea, acumulación de células muertas y un exceso de brillos, estas son los defectos principales que marcan la personalidad de las pieles grasas. Pero no son los únicos: epidermis espesa, tez opaca, textura irregular, sensación de incomodidad, pequeñas imperfecciones… son otras peculiaridades típicas de su carácter. Además, son difíciles de interpretar porque el exceso de sebo, típico de las pieles grasas, no responde sólo a una única causa sino que puede deberse a diversos factores: cambios hormonales, (especialmente en la pubertad y ocasionalmente durante la menopausia), periodos de estrés, mala alimentación, incidencia de agentes medioambientales, cambios climáticos… incluso puede darse como consecuencia de un mal uso de productos cosméticos.
Sabemos que la piel produce grasa de forma natural a través de las glándulas sebáceas situadas en la dermis. Esta sustancia se conoce como sebo y está compuesta por 15% de escualenos, 60% de triglicéridos y 25% de ceras. El sebo sale al exterior por un pequeño conducto que va desde la glándula hasta la superficie cutánea a través del folículo piloso. Su función principal es ayudar a que las células de la piel se adhieran unas a otras, favoreciendo su cohesión interna y, por tanto, mejorando su apariencia externa.
Hay que tener en cuenta que estas glándulas varían su nivel de producción a lo largo de la vida. Aunque nacemos con un número determinado de ellas, no empiezan a madurar y a fabricar sebo hasta la pubertad, justo en el momento en que se originan cambios hormonales. De ahí, que sea en esta etapa cuando más se desarrolle el acné, que por lo general, desaparece una vez se normaliza la secreción hormonal. Pero a veces la glándula sebácea pierde el control y es entonces cuando la producción de sebo sobrepasa los niveles habituales. Si esto sucede, podemos decir que nos encontramos ante una piel grasa, con predisposición a convertirse en acnéica.
Los cutis grasos se identifican también por su hiperqueratización y sus dificultades para auto-regenerarse. La mala eliminación de las células muertas y su acumulación en la superficie de la epidermis produce una obstrucción de los poros, favoreciendo la aparición de comedones. Asimismo, presentan irregularidades en la flora microbiana. Y en este sentido, actividad sebácea y flora cutánea están estrechamente unidas, ya que la seborrea excesiva favorece el desarrollo de esta última, lo que provoca un desequilibrio microbiano que invade el comedón originando un proceso inflamatorio. Como consecuencia, las pieles grasas presentan las siguientes alteraciones:
- Tendencia al pH alcalino, con la consiguiente disminución de la capacidad de autodefensa.
- Predisposición a las infecciones por estreptococos.
- Propensión a la dilatación de los orificios foliculares (poros dilatados)
- Riesgo de complicaciones como dermatitis seborreica o acné.
Un problema multifactorial
Cuando todo suma… a peor
Las razones que explican la formación de una piel grasa son diversas. Veamos a continuación cuáles son los desencadenantes más comunes:
CAUSAS INTERNAS
La 5 a reductasa. Esta encima hormonodependiente desempeña una función clave en la estimulación de la glándula sebácea.
Razones genéticas. La estructura de la glándula sebácea y el tamaño de los folículos pueden determinar la mayor o menor actividad de las glándulas.
Factores hormonales. Durante la pubertad, el nivel de andrógenos aumenta considerablemente, favoreciendo como consecuencia un desequilibrio en el mecanismo de la secreción del sebo. Asimismo, la ingesta de algunos anticonceptivos orales hacen aumentar los estrógenos, estimulando la fabricación de grasa.
CAUSAS EXTERNAS
Agentes climáticos. Concretamente, las pieles que se exponen a ambientes cálidos y húmedas están más predispuestas que otras. De hecho, cuando la temperatura exterior y la higrometría se incrementan, las secreciones sebáceas aumentan vertiginosamente. también hay que tener en cuenta la contaminación, pues su acción deteriora la película hidrolipídica superficial, y contribuye al exceso de secreciones sebácea. por su parte, el aire acondicionado y el sol ejercen un efecto nefasto ya que resecan la piel y no detienen la producción de los excesos sebáceos, sino todo lo contrario. Prueba de ello es la aparición de granitos, especialmente en pieles reactivas, un tiempo después de una exposición solar.
Estrés. Es también uno de los detonantes clave, pues en situaciones límites o de mucho nerviosismo, la producción de sebo se incrementa a cuotas insospechadas.
Alimentación desequilibrada. Los condimentos y el alcohol son estimulantes que aumentan indirectamente la actividad sebácea. En cambio, contrariamente a lo que se piensa, el chocolate no tiene tanta repercusión, a no ser que se consuma en demasía. En general, cuanto menos grasos sean los alimentos, mucho mejor.
De grasa a acneica
Cuando la producción de sebo alcanza cuotas altísimas, no hablamos ya de piel grasa, sino de acnéica. Este tipo de piel es distinta de la anterior, por lo que requiere cuidados más específicos que tengan en cuenta su complejidad biológica. La aparición del acné no se da de la noche a la mañana, sino que responde a un largo proceso que se desarrolla en tres fases: primero se da una producción anómala de queratina que provoca una acumulación de células muertas que taponan la salida del folículo piloso. Después, en el interior de este folículo se produce una excesiva retención de sebo. Y finalmente, esta mezcla de grasa con las bacterias, especialmente la propionibacterium acnés, provoca la inflamación y, por consecuencia, el “temido acné”.
No todas las pieles grasas manifiestan sus irregularidades del mismo modo. Mientras las pieles grasas adolescentes suelen manifestar el exceso de grasa en la zona T, en las adultas se localiza en la mandíbula. Aunque, por lo general, el acné se considera propio de los cutis jóvenes, no siempre es así. Lo que sí es cierto es que la edad de mayor riesgo es la pubertad, pues a partir de los 10 años es cuando la secreción sebácea aumenta considerablemente, bajo la influencia de los andrógenos suprarrenales. Después, en la adolescencia, la situación todavía se agrava más. Entre los 10 y 19 años, la actividad de las glándulas sebáceas se incrementa 6 veces, lo que fomenta la aparición del acné. Finalmente, la actividad sebácea se encuentra en su punto culminante entre los 12 y 25 años.
PIEL SENSIBLE, extremadamente delicada y susceptible
Su frágil condición y su desorbitada forma de reaccionar frente a lo que no le gusta le ha llevado a ser el centro de atención de muchos cuidados de belleza. Sólo si se le colma de atenciones se sentirá a gusto consigo misma. Y es que ella es como es.
Los estudios corroboran que 2 de cada 3 europeas presenta piel seca. Un cifra realmente significativa. ¿Sus inconvenientes? Tirantez, picor, enrojecimiento y sensación de acaloramiento. Debido a su finura y fragilidad, su epidermis es incapaz de desempeñar correctamente su función de barrera cutánea. Y por si esto fuera poco, las condiciones climáticas como viento, calor o frío debilitan aún más su estado, lo que permite a los rayos ultravioletas penetrar con más facilidad en su interior. pero no todos los casos de sensibilidad son iguales. En general se pueden distinguir 3 tipos distintos:
Pieles genéticamente sensibles. En este caso la sensibilidad no es un fenómeno transitorio, sino una característica intrínseca del cutis. Son a menudo pieles delgadas y claras, que quizás en la niñez se han visto afectadas por eczemas atípicos y por acné rosácea. Las agresiones les inducen a rebelarse, enrojecer, quemar, picar.
Pieles normales convertidas en sensibles. Los factores culpables de esta trasformación son los repetidos cambios de temperatura, viento, sol, contaminación… así que cualquier piel está expuesta a sufrir este “cambio a peor”. Incluso, se ha demostrado que cada vez más, existe una relación directa entre nuestro estado emocional y físico. Esto quiere decir que situaciones de estrés unidas a situaciones de fatiga, falta de sueño, mala alimentación… pueden llegar a derrotar hasta a las pieles más fuertes.
Piel maltratada. Se trata a menudo de pieles que fueron grasas o acnéicas, convertidas en frágiles y sensibles por tratamientos demasiado drásticos. La sensibilidad se manifiesta con enrojecimientos difusos, acné rosácea precoz y aparición de placas rojas.
Marcada por el pasado
Lo que determina el grado de reactividad de la piel sensible es la capacidad que tiene su sistema inmunológico para recordar los agentes agresores. Y es que estos cutis son muy “rencorosos”, es decir no perdonan. Cuantos más contactos tenga con el “enemigo” más rápido lo reconocerá, y más rápida y traumática será su reacción. Dermatológicamente lo que diferencia una piel de otra es el número de veces que su sistema inmunológico se enfrenta a su agresor antes de reconocerlo y reaccionar. Ello explica que algunas tarden años en volverse intolerantes a determinados ingredientes, mientras que otras se rebelen en pocas semanas.
Cuando “esta crisis” se prolonga en el tiempo y los daños se acumulan hasta la saciedad es posible que la piel sensible sume un grado mayor de intensidad y pase a convertirse en hipersensible. Cuando esto sucede, la reacción ante la agresión es todavía más desproporcionada. ¿Qué es lo que pasa? El sistema de alarma del queratinocito “sobre-reacciona” y responde de forma desmedida a la intensidad de la agresión que recibe. En este caso, los lípidos de la membrana y las fosfolipasas producen y liberan mediadores en cantidad excesiva, provocando simultáneamente una lisis celular; es decir, una destrucción de las células por lisinas. Asimismo, de la célula alterada se escapan otros mediadores, fosfodiesterasas y proteasas, que amplifican la reacción. En una fracción de segundo, mediadores de la membrana e intracelulares se infiltran en el tejido epidérmico, acarreando la intervención masiva de células de defensa en el sitio de la agresión. Éstas atacan de forma exacerbada y no diferencian a los agresores de las células epidérmicas vecinas, provocando reacciones en cadena que producen irritaciones superficiales y sensoriales.
Problemas de irritación
La irritación no es más que una reacción de la piel para protegerse. Es decir, cuando ésta toma contacto con un agente sensibilizante, envía señales de defensa. Entre el “batallón de salvamente” que envía la propia piel destaca la intervención de un grupo de células que se precipitan para rodear y atacar al agente invasor. Los efectos secundarios de esta respuesta pueden incluir rojez, porque los vasos sanguíneos se dilatan, el resultado inmediato es la sensación de picor o sequedad.
Se ha constatado, una piel sensible y reactiva envejece más rápidamente que una normal. Esto se debe a que se encuentra, a menudo, en un estado de irritación permanente. Además, si la irritación se repite a menudo, puede empezar a degradar la piel, llegando a romper las fibras de soporte de colágeno y elastina, y provocando un envejecimiento prematuro.
Asimismo, como la esteticista sabe, estos fenómenos irritantes a menudo van unidos a la liberación de radicales libres, principales responsables del envejecimiento cutáneo. Para ayudar a prevenir y reparar este daño, la cosmetología aporta a la piel los productos necesarios para que pueda concentrarse en el proceso de curación y volver así a lucir bella.
PIEL MIXTA, con doble cara
Su complejidad radica en su insólita biología, pues dependiendo de la zona, presenta un exceso de grasa o una gran sequedad. ¿Se puede ser más peculiar?
Su ambigüedad les convierte en uno de los cutis más difíciles de tratar, ya que sufre los inconvenientes típicos tanto de las pieles secas, como grasas. Lo que hace que requiera un cuidado distinto para cada zona específica del rostro. La parte que suele presentar más problemas de grasa se sitúa en lo que se denomina zona T, que engloba frente, nariz y barbilla; mientras que las mejillas, contorno de ojos y cuello manifiestan una cierta sequedad. Esta “bipolaridad” típica de los cutis mixtos responde sobre todo a un desequilibrio en la tasa de lípidos. Frecuentemente, suelen tener problemas de acné, presentan puntos negros y pequeños granos, que son el resultado de una mayor secreción sebácea. Este exceso de grasa obstruye los poros de la piel y crea focos de irritación. Pero esto no es necesariamente siempre así, en ocasiones, este tipo de pieles sufren sólo los problemas típicos de una piel grasa, sin llegar a manifestar en ningún momento síntomas de acné. Al envejecer, los cutis mixtos suelen presentar las alteraciones típicas de una piel seca, pues con el paso de los años pierden gran parte de su luminosidad y manifiestan una progresiva sensación de tirantez, así como arrugas en la frente, alrededor de los ojos y en las comisuras de los labios.
Doble reacción al exterior
La gran cantidad de agentes externos que afectan a la salud de la piel inciden con mayor impacto en las personas que presentan piel mixta. Así, los cambios climáticos, humedad-sequedad del ambiente, contaminación… ocasionan importantes alteraciones en su dermis y epidermis, causando irregularidades en su funcionamiento interno, que generan un desequilibrio tanto en la producción de grasa como en su control hídrico. Otros factores como el estrés, el alcohol, el tabaco y una mala alimentación también ponen en peligro su “delicada belleza”. Es más, ciertos estados de ánimo como cuadros de ansiedad, pueden llegar a alterar su fisiología cutánea, provocando alteraciones en el sistema hormonal encargado de controlar su correcta “tasa de grasas”.
